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5 cosas que cambian viviendo en el extranjero

Jamás se me ocurriría que yo pudiese vivir en el extranjero.

En su viaje probablemente quiso encontrarse a sí mismo. Encontró una parte de él que hasta entonces no había conocido.

Alex apenas tiene 30 años cuando invierte todo lo que tienen en un proyecto “garantizado” – casa nueva, que no se ha construido.

“Vivimos en un estado de derecho, donde decide la ley” dice tranquilamente.

Sonreí amargamente. En la facultad de derecho nos enseñaron una definición diferente: Un estado de derecho es tal estado, en el cual deciden los abogados.

Alex lo perdió todo. Y no únicamente el dinero…

Sin dinero perdió su paz interior, en poco tiempo la pareja y el trabajo, su autoestima y sin ella incluso la esperanza.

“No sabía qué hacer. Dónde empezar de nuevo, no pude encontrar trabajo. Así que hice una cosa desesperada. Cogí el avión y marché. Sin plan ninguno, desaparecer por un par de días…”

En un mes harán 10 años que Alex lleva en sudeste asiático. Representa empresas europeas que quieren empezar con los negocios en Laos, Vietnam, Malasia, Singapur, Indonesia y en Filipinas. Contrata europeos que quieren reiniciar sus vidas en el extranjero.

Me dijo que no va del dinero que gana ahora, sino de la persona en la cual se había convertido.

“Nunca se me ha ocurrido que podría acabar en el extranjero. Sin embargo, se lo recomiendo a todo el mundo. Es una experiencia que cada uno debería experimentar. Al principio es muy difícil, pero solamente hasta que entendáis que los obstáculos están en vuestras cabezas. Luego la vida cambia totalmente.”

1.El hogar es el lugar dónde está nuestro corazón

De repente tenemos dos direcciones. Las orejas entienden dos lenguas. En la cartera tenemos dos monedas. Al ser sincero tenemos dos personalidades. Una en nuestra casa anterior y otra en nuestra casa actual. Y los dos mundos se cruzan. Poco a poco empezamos ignorar las fronteras.

Es difícil decir dónde está el verdadero hogar. ¿Es la casa donde me criaron, en cuya jardín jugaba de pequeño? ¿O es donde vivo ahora? ¿Dónde enciendo mi portátil y este se conecta con el wifi conocido?

Irnos al extranjero no es buscar nuevo hogar, el hogar es donde nos quieren y nos sentimos vivos. Alguien tiene sólo uno, alguien dos y alguien siete.

2.Las amistades se hacen más intensivas

Al principio nos pueden causar tristeza las despedidas. Despedirse de los seres queridos es tan difícil. Luego nos damos cuenta de que no nos despedimos de nada. Siempre podemos volver a nuestro sofá, dormir en nuestra cama y sentir el olor de la infancia. Esta posibilidad la hay para siempre. Si queremos, al poco tiempo de despedirnos puede llegar la frase de: “Hola, he vuelto.”

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Todo lo que está lejos, aumenta el valor. Hasta las amistades por las que pasábamos de alto.

Por otra parte empezamos darnos cuenta de muchas cosas. Hasta un detalle de nuestro país de repente significa mucho. Es cómico, porque en realidad no pasó nada más, que alguien puso entre nosotros y entre lo importante un mar o mucha tierra. Así lejos de los nuestros descubrimos los valores. Con quién merece la pena sostener el contacto. Quién quiere vernos cuando volvemos.

3.Sentimiento de culpa sigue dentro, desafíos cambian

En las fotos la vida cerca del océano parece perfecta. Pero incluso ahí hay que pagar las facturas, arreglar el grifo averiado, curarse del resfriado por el aire acondicionado. Por vivir en otro país no desaparecen los problemas. En el paraíso también ocurren cosas negativas.

La gente nos tiene en envidia por vivir donde vivimos, porque no saben que aquí la hierba no es más verde.

Chismean sobre nosotros. Hasta los padres. Imaginaos una madre que se cabrea porque su hijo no viene un sábado a comer, que hace si su hijo le dice que no viene por la Navidad. Que probablemente no podrá venir hasta el verano por el trabajo.

Nos acostumbramos al sentimiento de culpa. Y en total nos enfocamos en cualidad más que en la cantidad. Disfrutamos cada momento con la familia, porque no hay muchos. Para algunos resulta que así pasan con la familia más tiempo que si vivieran en su país a un par de manzanas de la casa de los padres.

4.La vida continua – con o sin nosotros

La sensación de ser insustituible nos causa preocupaciones. Pensar en que la pareja nunca podrá encontrar a otro. Que el jefe no podrá contratar otra persona. En el extranjero nos damos cuenta de que en casa las cosas siguen sin nosotros.

Vemos que nuestros amigos se siguen divirtiendo, casando, teniendo niños. Los echamos de menos sobre todo porque sabemos cuánto significan para nosotros. A veces les tenemos envidia, pero en realidad es al revés. Son ellos los que quieren vivir donde vivimos nosotros.

La vida es llena de decisiones…

5.Sentirse como nativo

Empezamos mejorar la lengua, ya sabemos dónde comprar el mejor pescado y verdura. En la cafetería sabemos que pedir antes de que nos pregunta el camarero. En el tren discutimos con los demás de los problemas locales. Aunque nunca seremos como los nativos que nacieron en el país, pero nos asimilamos y hacemos cosas como ellos. Pertenecer a otra cultura regional es una sensación increíble – podemos convertirnos en otra persona.

**Saludos Oliver**